Seleccionar página

Aunque la cita “Sé que mi Pappenheimer” se utiliza hoy en día de forma negativa, fue originalmente una señal de agradecimiento para los soldados del regimiento de Pappenheim.

Ser un Pappenheimer era entonces sinónimo de ser un hombre de valor, honor y valentía.

 

La figura detrás de este proverbio me parece interesante.

Gottfried Heinrich zu Pappenheim (1594-1632) fue uno de los generales más famosos de la Guerra de los Treinta Años y era conocido tanto por su valentía y lealtad personal como por su imprevisibilidad militar.

 

Sus antepasados se habían convertido a la fe protestante durante la Reforma, pero Gottfried Heinrich pronto se convirtió al catolicismo.

Por sus méritos personales, el emperador Matías lo nombró consejero de la corte en 1617, pero al poco tiempo Pappenheim decidió poner fin a su carrera y probar suerte como soldado.

Le escribió a su tío: “Para que en estos tiempos difíciles no consuma mi juventud con pereza, sino que busque más honor, ahora he dejado el escritorio y he tomado el arma en mis manos.”

 

A diferencia de la mayoría de sus compañeros, Pappenheim era un hombre con una amplia formación que había estudiado en Tubinga y Altendorf. Pero eso no lo convirtió en un seco hogar de ninguna manera, sino que se convirtió en uno de los coraceros más atrevidos de todos los tiempos.

Como líder, tenía todas las cualidades que eran importantes para un general en ese momento: una personalidad fuerte, autoridad natural, originalidad y coraje audaz.

Pappenheim era considerado intrépido y fiable, así como impulsivo y temerario incluso durante su vida.

Por ejemplo, siempre cabalgaba hacia la batalla con la visera del casco abierta y tenía numerosas heridas en la cara. De ahí sus apodos como “Schrammenheinrich” o “Schrammhans”. (Schramme, engl. scratch)

 

Una canción de esa época describe a Pappenheim en la batalla:

Hascha, ahí viene el absurdo
Pappenheim cabalgaba con bastante tristeza,
Pase por encima de todas las cercas y trincheras,
Que su pelo se pondrá de punta.
Pretende que está loco,
Sin golpizas, sin taponamientos.
Quiere hacerle daño,
Y no nuestros pistones puntiagudos tampoco.
Sin armas, sin espada
Incluso la bendición de la herida,
Es el mismísimo diablo cansado;
Mira qué impulsivo es.

 

F. Schiller le dio un testamento literario en su “Wallenstein”.

Allí deja que el comandante Wallenstein hable de la obvia lealtad del regimiento de Pappenheimer: “Con esto reconozco a mi Pappenheimer”.