Seleccionar página

El crítico de arte Félix Fénéon acuñó el término “neoimpresionismo” para un estilo de pintura que, según sus más importantes exponentes, se desarrolló de forma aparentemente natural a partir del impresionismo. Ambos estilos artísticos tenían en común el interés por la representación de la luz natural y una paleta de colores que hacía alarde de posibilidades luminosas, aparentemente de espectro completo. Pero mientras vemos en los principales impresionistas, como Monet o Degas, una fascinante devoción por el momento que se refleja también en su estilo pictórico, el primer y probablemente más importante neoimpresionista nos sorprende con obras que parecen tener raíces muy diferentes.

Pues George Seurat recibió su formación en la École des Beaux-Arts, durante la cual pudo estudiar las obras clásicas y adquirir así una sólida técnica en la representación formal de sus objetos. Ahora intentó unirlo a las corrientes imperantes de su tiempo y así creó obras que, aunque pueden atribuirse claramente al siglo XIX, parecen casi estatuarias por su gran claridad y su austera composición.

En el transcurso de su corta vida, desarrolló una técnica que era refrescantemente nueva para su época y que daba a sus cuadros una maravillosa luminosidad. En el estilo de pintura conocido hoy en día como “puntillismo”, el artista coloca sistemáticamente los colores puros en el lienzo en forma de pinceladas individuales mediante finas pinceladas, y sólo desde cierta distancia el ojo humano junta las pinceladas de color, lo que permite que se fundan en un solo cuadro. La obra más importante de este tipo es sin duda “Un domingo en la Grande Jatte”.

El cuadro “Bañera de Asnières”, en cambio, es mucho menos conocido, pero como primera obra de gran formato de Seurat (mide 2 por 3 metros) marca un importante punto de inflexión en su evolución. Muestra a un grupo de trabajadores en su día de descanso, lo que ya era un atrevimiento, pues hasta entonces los temas religiosos, históricos o clásicos se consideraban adecuados para las representaciones a gran escala. Pero Seurat también se puso conscientemente en contra de las tendencias de su tiempo y pintó a miembros de las llamadas “clases bajas”.

Personalmente, me fascina la figura del joven sentado en la orilla del río y con los pies en el agua. Porque todo en él parece sacado de la vida: su postura melancólica, su pelo mal cortado y su mirada soñadora y sin sentido son como una imagen intemporal del joven que aún no ha encontrado su lugar en la vida. Todavía lleno de nostalgia por la tierra de la infancia, parece observar furtivamente al niño que tiene delante, pero detrás de él ya le espera la tierra de los hombres adultos con todo su trabajo y sus dificultades.

En otros aspectos, también, el cuadro (a pesar de sus temas aparentemente triviales) está sobrecargado de referencias y alusiones a la vida – el ferry con miembros de la burguesía, por ejemplo, forma un marcado contraste con los cansados trabajadores en la orilla.
No sin razón, este cuadro se considera una obra maestra y Georges Seurat uno de los artistas más importantes e influyentes de finales del siglo XIX.

 

Georges Seurat, Bathers at Asnières, 1884; CC BY-NC-ND 4.0
https://www.nationalgallery.org.uk/paintings/NG3908