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Honoré Gabriel Víctor de Riqueti, el marqués de Mirabeau, fue una de las figuras más deslumbrantes de la historia de Francia, rica en personalidades excéntricas.

 

Se hizo famoso por su posición expuesta durante el caos de la Revolución Francesa. Pero incluso antes de eso vivió una vida muy azarosa, que incluía una sentencia de prisión, así como una sentencia de muerte por adulterio y años de exilio en Suiza e Inglaterra.

Al estallar la revolución, regresó a París y se convirtió en su orador más elocuente, presidente del Club Jacobino y, finalmente, presidente de la Asamblea Nacional.

 

Pero era nada menos que un revolucionario convencido, pues durante todo este tiempo estuvo en negociaciones secretas con la corte real, viendo a un gobernante constitucional como el único garante de un sistema político estable.

Su muerte súbita ha dado lugar a rumores de envenenamiento incluso hoy en día, aunque no hay pruebas de ello.

 

Pasó a la historia con su respuesta al Maestro de Ceremonias de Luis XVI, que quería disolver la reunión de los estamentos nacionales: “Sí, hemos oído la orden del rey. Sí, señor, lo hemos oído. ¿Pero qué te justifica para sugerirnos órdenes aquí? Somos los representantes de la nación. La nación da órdenes y no recibe ninguna. Y para que me explique muy claramente, dígale a su rey que no dejaremos nuestros lugares más allá de la violencia de las bayonetas”.