Una guerra, de treinta años y cinco meses, que devastó Alemania, infligió terribles sufrimientos al país y causó la brutalidad de la población afectada.

Toda una generación, criada entre la muchedumbre de hordas merodeadoras, no conocía otra cosa que la lucha, el hambre y el sufrimiento.

 

Comenzó como una guerra religiosa, al menos desde que la entrada activa de Francia en 1635 degeneró en una lucha de poder puro, que era acerca de quién debía ser el poder dominante en el continente.

Ahora, en el trigésimo primer año, todas las partes estaban cansadas y agotadas, y la paz parecía estar al alcance de la mano.

 

Pero las negociaciones se prolongaron durante meses, interrumpidas una y otra vez por nuevos estallidos de batallas y las últimas noticias del frente. Porque todavía los gobernantes esperaban un cambio en la suerte de la guerra en el último minuto. Los ejércitos armados todavía se enfrentaban en el campo, luchando por las más pequeñas parcelas de tierra extranjera o por una mejor posición de partida para el siguiente ataque.

Sólo después de la derrota a mediados de 1648 del emperador Fernando III, que siempre fue previsible, estuvo de acuerdo en términos de paz.

 

Así, con la Paz de Westfalia, que abarcaba todos los tratados firmados entre mayo y octubre de 1648, la Guerra de los Treinta Años fue finalmente declarada terminada.

Aún así, pasarían años antes de que el último de los ejércitos mercenarios saqueadores se desintegrase y la paz general pudiese prevalecer en el Imperio.