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En el extremo más occidental de Liguria, a apenas diez kilómetros de la costa del mar de Liguria, en medio del verde valle del Nervia, se encuentra el idílico pueblecito de Dolceaqua, con sus poco más de 2.000 habitantes. Si te acercas al asentamiento por la Strada Statale 64, enseguida te das cuenta del imponente castillo que domina el casco antiguo y lo cierra como una torre de vigilancia en lo alto. Un contrapunto, en cambio, parece ser la estructura casi delicada que conecta el casco antiguo al norte con nuestra calle y que salva el río Nervia en un amplio arco.

Se trata del puente Vecchio di Dolceacqua, cuya vista ya deleitó a Claude Monet y sobre el que escribiría casi con arrebato: “Dolceacqua, en el valle del Nervia, es soberbio; hay un puente que es una joya de ligereza…” El fruto de este entusiasmo, plasmado en un lienzo de algo menos de 70×90 cm, puede admirarse hoy en el Museo Marmottan Monet de París.

 

La zona que rodea a Dolceacqua ha estado habitada ininterrumpidamente durante unos tres mil años y también hay numerosos restos de fortificaciones romanas. Finalmente, en 1151, la ciudad se menciona por primera vez en un documento, cuando los condes de Ventimiglia comenzaron a construir un castillo para asegurar el acceso al valle. A sus pies, en círculos concéntricos, se creó una maraña casi impenetrable de callejuelas y callejones, que hoy constituye el casco antiguo de la ciudad y que durante siglos pareció casi inexpugnable por su construcción.

 

Pero a mediados del siglo XIII, el espacio en este lado del río se hizo demasiado estrecho y la gente comenzó a asentarse también en la orilla derecha. Así surgió el barrio del Borgo, que hoy constituye una gran parte de la ciudad. Para que los habitantes pudieran cruzar el río sin obstáculos, se construyó el mencionado puente, que todavía hoy transporta a la mayoría de los visitantes a través del río.

 

El río Nervia se salva en un solo tramo con una anchura de 32 metros y conecta desde hace siglos los dos barrios de Terra y Borgo. Debido a la ubicación aislada de la pequeña ciudad y al curso relativamente tranquilo de la historia en esta parte del país, tenemos la suerte de encontrar la estructura todavía en casi su estado original (ha habido pequeños cambios e intentos de restauración de vez en cuando, pero la estructura básica se ha conservado y nos permite sumergirnos en la época de la Edad Media).

 

Para seguir los pasos de Monet, merece la pena recorrer la orilla derecha en un día soleado. Porque si se gira a la izquierda desde el puente, se puede ver tanto el puente como el casco antiguo y el castillo de un solo vistazo tras unos pocos pasos. Y tal vez entienda por qué Claude Monet quedó tan embelesado.